Curadora e Interiorista

Un final de tarde de otoño de 2017, paseaba con una amiga por Malasaña cuando vimos, en la entrada de un espacio infinito llamado KikeKeller, a varios chicos vestidos con kilt. Nos invitaban a descubrir la obra de Alexander Makenzie.

Entramos y el Encuentro fue rizomático: el espacio, el mobiliario de autor, el artista, el grupo de personas inmersas en la experiencia y la curadora —con una rebeldía susurrada y mirada dulcemente insurgente bajo su flequillo negro—, quien afirmaba que elegía a los y las artistas no por su éxito en el mercado, sino por ese algo inmaterial capaz de atraparnos. Ese algo es siempre corporal y fugaz: un temblor, un grito, un encogimiento del estómago, un acelerón de la sangre o un respiro interrumpido, que nos conecta con la singularidad de lo que experimentamos.

Célia Montoya observa con calma lo que la mayoría quiere entender deprisa. Busca conexiones auténticas para transformar la emoción en forma, junto al próximo artista a comisariar. “Me gusta conocer personas que me aportan algo nuevo… que me hacen ver por ejemplo el dolor o la tristeza desde otra perspectiva… Una amiga muy cercana puede acompañarte en la tristeza. Alguien que no te conoce puede hacerte una pregunta distinta, inesperada y precisa, que abre caminos nuevos en ese momento duro.”

Este encuentro plural me reconcilió con el ecosistema del arte del cual había pedido una excedencia. Allí confirmé que el Arte, como la Vida, no tiene centro. Es red. Es pulso compartido. No pertenece a un mercado, sino al tejido vivo del común. Si nace de la escucha y del reconocimiento mutuo, puede ser semilla de transformación.

TRAYECTORIA

Célia nació en Málaga, en una familia numerosa y tradicional. Estudió derecho y su destino parecía ya trazado por su padre, hasta que un día, bajo la tormenta de su propia climatología biográfica, decidió abrir las alas y volar, dejando atrás el rumbo heredado para escribir el suyo propio.

«En 2001 cayeron las Torres Gemelas y yo pude detenerme, porque siempre volaba. Con aquel atentado cortaron el mundo, y yo encontré tiempo para conocer a alguien. Estudié derecho, pero me eligieron para volar, y durante dieciséis años surqué los cielos. Allí donde estuviera, visitaba exposiciones, aunque no las entendiera del todo me fascinaban. A través de Kike descubrí las exposiciones de cerámica en Madrid y, poco a poco, me introduje en un mundo que siempre me había parecido lejano y elitista.”

Como azafata, empezó a conocer el mundo y a sí misma antes de aterrizar en Menorca, donde comenzó a maternar ideas, proyectos y vínculos junto a su compañero de viaje, Kike. Maternar no es solo parir. Es sostener sin poseer, estar sin exigir. Eso lo ha hecho Célia —y muchas otras mujeres fuera del guion—, con una maternidad desobediente, colectiva e imaginativa que deja huella sin pisar.

“Yo seguía volando, y Kike trabajaba en escenografía para cine y televisión. Con desparpajo, visitaba galerías para que vieran su trabajo, sin entender… Hasta que alguien me dijo: “Celia, tu osadía deslumbra.” Mi energía, mi descaro, mi falta de vergüenza y de miedo sorprendían a todos, y así aprendí a montar exposiciones, a comunicar y generar emoción.

Junto a Kike, diseñó mobiliario con identidad propia, primero para su casa en El Escorial y luego para el público. Abrieron su taller y, más tarde, KikeKeller en Malasaña, un espacio icónico donde lo inesperado siempre tenía su lugar incluso en la pandemia. Cualquier amor antes de terminar, haz silencio…y KikeKeller se calló. Pero la marca continúa activa, compartida por ambos, mientras cada uno traza un otro camino.

No hay nada como un renacimiento elegido por decisión propia. Con firmeza, Célia se volcó en el interiorismo y el comisariado, tejiendo desde su casa encuentros performativos e intimistas que activan, a ritmo lento, el pensar y el construir a partir del habitar porque solo en el habitar reside el Ser.

OBRA

Mezclar y ser inesperada es una forma de elegancia que acompaña a Célia —la misma que la impulsa, una y otra vez, a experimentar la vida con el silencio bajo el ojo.

Pinta ventanas en cuartos sin salida.
Quizás por eso, el arte que toca no ofrece certezas, pero sí abre grietas.
Y por esas grietas se cuela la esperanza de que algo —aunque sea mínimo— pueda transformarse.

En un tiempo que invita al adormecimiento, a la disidencia domesticada o al escapismo, Célia elige permanecer despierta.
Ser compasiva sin ingenuidad,
sensible sin quebrarse,
atenta sin rendirse.
Con humor y amor ejerce su derecho a crear, porque crear también es resistir.

Todos jugamos nuestro papel en la historia del mundo, y ella elige el suyo cada día: abrir grietas, sembrar cambios y seguir siendo habitable en su perpetua construcción.

KikeKeller |

Una historia de amor: con el arte, con la ciudad, con la vida.

“Estudié Derecho, pero en un momento determinado quise estudiar Historia del arte o Bellas Artes. Kike me dijo: «No sé…volando, y ahora emprender una nueva carrera… Yo creo que los dos juntos vamos a aprender un montón». Y tenía razón. Aprendí muchísimo del oficio, de su familia, de su manera de mirar y de crear.

Intenté llevar Madrid a la sierra, pero comprendí que debía bajar yo a Madrid.
Empezamos haciendo velas de parafina en el taller de Kike y en la nave de cerámica de su padre.
Montamos un pequeño showroom allí en la calle Narváez donde no subía nadie, así que un día me lancé a la calle: abrigo negro, guantes y labios rojos, una vela encendida entre las manos, invitando a la gente a entrar. Decían que estaba loca —incluso Kike—, pero así comenzó todo. No tengo vergüenza: cuando tengo un sueño, nadie me detiene.
Si tú no vienes a mí, voy yo a ti.

En una de esas locuras entró Blanca Díez, directora de un hotel boutique, y empezamos a trabajar juntas. Pensamos: ¿y si lo hiciéramos a pie de calle? ¿y si el arte respirara con la ciudad?

En 2007 empecé a buscar un espacio en Malasaña. El barrio estaba degradado, lleno de yonquis, pero me fascinaba. Había visto cómo los barrios periféricos de Nueva York resucitaban, uno tras otro, y sentí que lo mismo podía pasar aquí. Cuando se lo conté a Kike, me dijo que estaba loca. Pero yo soy de Málaga, no conocía Madrid y, quizá por eso, veía su belleza de otra forma: miraba hacia arriba y me parecia preciosa.

Encontramos un local y la economía era escasa para crear un espacio atractivo, y un día, corriendo una carrera en Londres, mientras las hojas de otoño se movían bajo mis pies, tuve una idea:Ya sé cómo inaugurarlo sin un duro. Llené el espacio con una gruesa capa de hojas secas, cubrí los andamios con telas, tul y luz. Y fue todo un éxito. Aún hoy hay gente que recuerda aquel momento.

Poco a poco llegaron los muebles de autor, las exposiciones, el bar…y una comunidad que respiraba con nosotros creatividad. Todo era sencillo, pero tenía alma. Eso enamoraba. La pandemia lo detuvo todo. Intenté resistir, pero la ciudad se vació.
Cerramos. A veces me arrepiento, pero la vida siempre te ofrece otros caminos.
Kike está en Menorca y yo, entre Madrid y Menorca y seguimos con nuestros proyectos”.

KikeKeller fue más que un espacio: una forma de amar, de crear y de habitar la ciudad.
Un detonante inspirador en el cambio cultural de Madrid.

Cabañas para pensar |

“No existe ninguna hazaña más grande en el mundo que saber estar con uno mismo”.

Michel de Montaigne

Cabañas para pensar nació después de la pandemia. Sentía que la gente estaba muy sola, desconectada, buscando pertenecer a algo. Quise recuperar el espíritu de las antiguas conversaciones de los filósofos: esos diálogos que complementaban la vida cotidiana, donde pensar era también compartir.

La idea era sencilla: invito a una persona —un exponente— a venir a mi espacio en la sierra y propongo un encuentro. Mezclamos la conversación con el estar. Se escoge un tema, se prepara un desayuno, y a partir de ahí todo fluye: hablamos, paseamos con los perros, cocinamos juntos, comemos despacio, bebemos un vino… Todo ocurre en ese lugar entre el habitar y el no habitar, entre la soledad y la compañía.

Vivo en la sierra y creo que mi modo de vida puede ofrecer algo bonito: sacar a la gente de contexto. Que vengan, que respiren, que caminen, que piensen. Cada encuentro tiene un tema distinto —psicología, arquitectura sostenible, arte o salud—, y cada exponente propone no solo una reflexión, sino también una práctica final.
Por ejemplo, un paseo donde cada persona recoge algo del camino —una piedra, una rama, una flor— y con eso construimos algo propio: una pequeña cabaña simbólica, un lugar para pensar.

El proyecto está inspirado en Thoreau, que se retiró al bosque y construyó su propia cabaña para pensar. Vivía sin distracciones, sin relojes, con una silla para sí mismo y otra para quien lo visitara. También me inspiró Malher, que cada mañana caminaba hasta una casita que él mismo había levantado para escribir en silencio, sin permitirse distracciones, ni siquiera un café con alguien.

Me di cuenta de que hoy la gente se apunta a cursos para socializar, pero no para escucharse. En Cabañas para pensar, todo es analógico: contacto cero con lo digital. Todo se hace con las manos, con el cuerpo, con el tiempo. La idea es que nadie se conozca al principio y que, poco a poco, el lugar, los objetos, los silencios y los gestos vayan tejiendo vínculos reales.

Por eso lo llamé así: Cabañas para pensar.
Porque necesitamos parar. Escuchar. Mirar al otro. Hablar. Debatir.
Volver a habitar el tiempo
—y a nosotros mismos—. Y construir, aunque sea con las ramas de un paseo, nuestra propia cabaña interior.”

Habitar la naturaleza es volver a habitarse. Allí donde el silencio respira, la esencia despierta, y los vínculos se tejen desde lo que verdaderamente somos.

CONTACTO

El día que conocí a Célia, todo sucedió en clave de kairós: ese instante suspendido en que lo invisible decide tomar forma.

Las palabras —decía ella— son mitad de quien las pronuncia y mitad de quien las escucha. Y al oírla, comprendí que la verdadera riqueza se halla en los murmullos a destiempo, esos en los que algo se enciende por dentro y la vida, de pronto, se ensancha.

Célia no solo cuida: acompaña, escucha, pregunta con la curiosidad de una niña.
Te mira con hondura, interrumpe con la intuición justa y te invita a mirar el mundo al revés. Su vínculo con lo vivo —y con lo que calla— nace del respeto radical y de un deseo luminoso de comprender. Quizás sin saberlo, ha llegado a ese punto sereno donde una se convierte en su propio referente —y en el de otras. Inconforme. Libre. Chispeante.

Para conocerla solo hay que acercarse: a sus exposiciones, a sus espacios o a su manera de entrelazarse con el mundo —esa forma de estar, abierta, amable, traviesa y respetuosa— que nos invita a imaginar el paisaje que llevamos dentro.

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E.mail |  celia@kikekeller.com